Tomado de: El Castellano, noticias.
Fancisco Rodríguez Adrados, de las reales academias Española y De la Historia.
ABC
EN esa especie de turno de acoso a la lengua española, los políticos vascos aprietan ahora los tornillos del euskera (o vasco, palabra indoeuropea, «los de las alturas»). Parece que les toca. Legislación impositiva, obligatoriedades en la enseñanza, confusión, presiones a los padres, propaganda. «Cuotas». Todo para expulsar al español de la enseñanza y de la administración, de todo.
Desgraciados sus hablantes, que allí lo son todos. Y es su lengua de cultura, la segunda lengua internacional del mundo, la que permite entenderse entre sí a todos. Los gobiernos de España miran a otro lado. El artículo 3 de la Constitución (obligación de conocer el castellano y derecho a usarlo), queda puenteado.
El Sr. Ibarreche, que no ganó las elecciones (nunca los nacionalistas las ganaron en ninguna parte) y es el héroe de una autodeterminación ilegal, lanza leyes educativas que imponen, casi, la enseñanza en euskera. El que no la quiera, que se vaya a los «centros especiales» (casi dan ganas). Todos, a someterse a imposiciones y cuotas. Y a sufrir un gran dolor de cabeza. Eso leo.
Nos gustaría saber cuál es la razón de esas imposiciones. ¿Motivos históricos? ¿Necesidades sociales? ¿Utilidad para la comunicación? ¿Exigencia del pueblo? Yo diría que no.
Normalmente se echa mano de la historia: se trata de la lengua del pueblo vasco, símbolo de su soberanía, de poner fin a la supuesta opresión. Veamos. El euskera nos es presentado con un halo de Antigüedad que, según algunos, llegaba a Adán y Eva, Hugo Schuhardt la rebajaba a los iberos. Pues tampoco, nadie lo cree ya. Pero es parte del mito de los independentistas desde en torno al 1900.
Los lingüistas somos hoy más pragmáticos. El euskera es, sí, una lengua no indoeuropea, pero no hay datos seguros de parentesco con otras lenguas ni de su exacta antigüedad.
Sin duda es una lengua de inmigrantes seminómadas, semiagricultores que vinieron del Este, de la llanura rusa o el Cáucaso o más allá en oleadas sucesivas desde en quinto milenio a. C.: como los indoeuropeos y los finougrios (de donde el finés y el húngaro). Todos, sus antepasados y los de nosotros los indoeuropeos, más o menos iguales en cultura y antigüedad. Más tarde llegaron desde Asia pueblos como los hunos, después los altaicos (de donde los búlgaros no indoeuropeos y el turco), luego los tártaros y otros.
Asia es una vasta matriz de pueblos, desde ella fue poblada Europa en las fechas indicadas, de los anteriores europeos nada tenemos sino sus huesos. Nada de sus lenguas.
Los vascos son captables por nosotros, históricamente, por fuentes griegas y romanas desde en torno al cambio de era (Estrabón, Plinio), en la región de Hispania que sabemos. Pero apenas existen topónimos euskéricos en esa zona, casi todos son indoeuropeos, celtas, ibéricos o latinos. Hay estudios recientes. A juzgar por topónimos y antropónimos antiguos, los vascos llegaron primero a Aquitania, donde los celtas, hacia el 800 o el 500 a. C., los arrinconaron junto al mar. Sólo luego, como tantos pueblos, bajaron hacia el Sur.
Seguramente hacia el siglo I antes de Cristo llegaron a su ángulo de Hispania, algo se expandieron luego en la Edad Media. Esto es lo que creen hoy los más de los lingüistas. Y los genetistas nos dicen que sus genes no difieren sustancialmente de los de sus vecinos.
Esto es lo que puede suponerse sobre los vascos en el S.O. de las Galias y su región de España: eran un pueblo y una lengua llegados del Este junto con tantos otros pueblos, rodeados aquí por indoeuropeos varios, celtas y romanos. No mitifiquemos. El origen y la historia del euskera son, en Europa, paralelos a los de tantas lenguas, las indoeuropeas entre ellas. Lo más original es que sobrevivieron dentro de ese entorno. Trajano prefirió dejarles tranquilos, estaban a trasmano, se fue a los dacios y los nabateos. Y ellos se defendieron de los godos.
Eso sí, absorbían palabras del celta, del latín (y el Cristianismo), luego del castellano. Para decir «paz», «chistu», «cerro», «pozo», «pecado», «seda», «cardar», «yunque», «cruz», «cuerpo», «tiempo», «cielo» tuvieron que acudir al latín; para «independencia», «aeropuerto», al castellano. No es un desdoro. Era un pueblo iliterato en cuya lengua influían las lenguas de cultura vecinas.
Del euskera sabemos palabras sueltas desde el siglo X, algunas desde antes, en inscripciones latinas tardías. Y nombres de lugar y de persona, rarísimos en Hispania. Textos escritos no los hay hasta el siglo XVI y pocos: traducciones del latín, refranes, sentencias, literatura popular.
Era una suma de dialectos para uso interno, oral, campesino y marinero. Todos o casi todos, a partir de un momento, hablaban (y escribían) en español y francés, lenguas cultas y escritas desde la Edad Media, el siglo XI, al menos.
Y nunca fueron los vascos una nación en sentido político: eran tribus que nunca llegaron a constituir un reino, se integraron en el de Castilla. Al lado de los castellanos luchó en las Navas de Tolosa, en 1212, el señor de Vizcaya, López de Haro. Como súbditos de Carlos V, de Felipe II y los demás, fueron los vascos a América. Hicieron grandes hazañas como navegantes y conquistadores. ¿Quién no ha oído de Elcano, de Legazpi, de Urdaneta, de los demás? Eran admirables. Igual el Obispo Zumárraga de México y los que dejaron espléndida descendencia en toda América.
¿Y la lengua? El castellano era la de todos. El vasco (o euskera o euscaldún o vizcaíno...), dividido en dialectos, era algo local y familiar. Zumárraga añadía a sus cartas latinas unas frases en vasco. Era y ha seguido siendo una lengua, oral sobre todo, campesina y marinera. Nadie se oponía a que la hablaran los que la habían mamado y los que quisieran, pero la lengua de cultura y relación amplia era el castellano. Esto ha sido el vasco, hasta ayer, como quien dice. Y una nación vasca en sentido político con una lengua culta, escrita, lengua de todos, nunca ha existido. Trabajosamente ahora han hecho una lengua unificada y tratan de convertirla en lengua general de comunicación y de imponerla como sea. Que no presenten esa política como la reconstrucción de un pasado.
No están recreando nada. Están, miméticamente, inventando, imponiendo algo. Y aquella lengua a la que quieren arrinconar es su lengua de comunicación y de cultura, la de su historia y sociedad. Aíslan al País Vasco, lo dejan, si es que pueden, prácticamente, en un vacío. Imponen lo minoritario, arrinconan lo verdaderamente vivo.
Pequeñas minorías politizadas, incultas, interesadas, se han apoderado del campo y a una lengua entrañable, que los políticos apenas conocían, la convierten en un arma. Y el caso es que no vale ni como lengua general ni para comunicarse con el mundo. Por muchos tesoros científicos que guarde para los lingüistas.
Tratan de expulsar al español, una lengua útil para todos. De convertir una región próspera en un aislado fondo de saco. De hacer difícil la cultura y la vida. Atormentan al niño con una lengua que difícilmente aprenderá, ni le interesa las más veces, y que le ocupa el espacio mental que necesita paraotras cosas.
En fin, un mito impuesto trae una inquisición: los grandes vascos de otro tiempo no son ya ni mencionados. Ni los grandes vascos modernos que escribían, ¡cómo no!, en español. Unamuno, Baroja, Julio Caro, un larguísimo etc... Sr. Ibarreche, deje vivir a la gente. Y contra el euskera nada tenemos, al contrario. Déjelo para sus hablantes. Imponerlo forzadamente a los demás, ignorando los hechos, no es de recibo. Con esa política pierden todos. Dejen los mitos y la intolerancia. Y el Gobierno español debe cumplir su papel propio.
2008-06-03
El euskera, ahora toca
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Etiquetas: lenguaje
2008-05-29
Una sociedad reprimida
Tomado del blog de Guillermo Fadaneli.
Hace varios años me invitaron a un programa de televisión para charlar acerca de una novela que recién había publicado. La conductora no sabía nada acerca de la novela ni estaba interesada en esa clase de obras. Su especialidad eran los libros de motivación personal o como se les denomina en estos tiempos de comicidad involuntaria: libros de autoayuda. El programa fue hasta cierto punto un desastre porque mi persona tenía poco en común con sus invitados pasados. Sin embargo, como afirmé entonces durante la transmisión, continúo pensando que formamos parte de una sociedad deprimida que requiere de alicientes para seguir viviendo. Los deprimidos necesitan libros donde se les indique cómo vestirse mejor o cómo hacer un buen papel en la cama. Después de entregarse a comidas indigestas tres veces al día necesitan un libro que les ofrezca consejos para bajar de peso. Después de ver televisión cinco o seis horas diarias tienen urgencia de un libro donde se les aconseje sobre cómo construir una familia sólida. En vista de que carece de imaginación el deprimido requiere que sean otros los que resuelvan sus propios problemas. De allí esa pavorosa proliferación de personas que se llaman a sí mismas expertos y que atienden a los enfermos de la sociedad deprimida. Ahora bien, estos expertos son a su vez enfermos en cuanto existen no por vocación sino para satisfacer una demanda del mercado: son una especie de medicina simbólica que crea adicciones todavía más profundas. Además de reconocer su impostura sabemos que el experto es un ignorante en los campos de conocimiento restantes: no es un investigador o un científico ni mucho menos un filósofo.
Debido a que solemos hacer cualquier cosa para evitar pensar es necesario tener a la mano un mecanismo que realice las funciones del pensamiento. Este mecanismo no es otra cosa que un mercado seductor que nos propone saberlo todo sin saber nada a fondo (internet, periódicos, revistas, medios electrónicos). Se dice hasta por los codos que la información es poder, pero no se dice que de nada sirve esta información si no puede ser ordenada, comprendida o asimilada en función de valores o estructuras más sólidas. Cuando le preguntas a una persona por qué razón no lee, te dice que no tiene tiempo. No tiene tiempo porque está ocupada en hacer todas las cosas a medias, en vivir sin calidad. El mundo va demasiado aprisa como para detenerse en la lectura, pero es precisamente este detenerse a pensar lo que hace diferentes entre sí a los hombres. Los libros piden lectores, como escribió Michel Houllebecq, pero estos lectores no deben ser sólo consumidores, sino sujetos con vida propia dispuestos a esforzarse por comprender. Esta carencia de lectores o de ciudadanos capaces de pensar por sí mismos nos lleva a una sociedad deprimida y fundamentalista donde tanto los gobernantes como los medios de comunicación electrónica tienen la posibilidad de engañar con suma facilidad a los ciudadanos: el caso de Bush es más que elocuente. Qué sentido tienen las democracias actuales si están formadas por hombres menospreciados, deprimidos, incapaces de establecer diferencias entre las toneladas de información que los medios de comunicación lanzan a sus rostros. Casi nadie lee a Steiner, Trías, Gadamer, Feyerabend, Morin, Sloterdijk, Racionero, Kertész, Juliana González, ni tampoco a novelistas cuyas obras poseen un enorme valor humano.
No es extraño que esta sociedad deprimida dedique su tiempo a los videos donde aparecen políticos recibiendo dinero o frente a una televisión que con pocas excepciones es lastimosa: no es de extrañar tampoco que consuman –no lean– libros que aun cuando se vendan como aspirinas para la depresión son sin duda una de sus principales causas.
Posteado por Miguel Lozano a las 15:34 0 comentarios
Etiquetas: literatura